LA PUESTA PRINCIPAL DE LA ANIMACIÓN: PENSAR EN EL ACTUAR LOCAL Y ACTUAR EN EL PENSAR GLOBAL

JEAN-CLAUDE GILLET *

RESUMEN

Este artículo investiga la significación de un pensamiento sistémico, interaccionista y dialéctico a propósito de la animación dicha “sociocultural” o “social” en muchos países, pero que porviene de una animación profesional en Francia desde los años sesenta (sin embargo, no exclusivamente ahora en el mundo). Un acercamiento de tipo epistemológico, científico y teórico, junto a una vocación temática de investigación durante casi seis meses en América Latina, y después en Europa, que permite una vista alargada de las puestas de la animación en el contexto actual.

PALABRAS-CLAVE: animación – fenómeno de urbanización – hiperespecialización – nuevas tecnologías – el actuar y el pensar

INTRODUCCIÓN

Cada uno habrá reconocido aquí la prolongación de la famosa frase de René Dubos, médico y biólogo americano de origen francesa que recibió, en 1972, el Premio Internacional del Instituto de la Vida y elaboró una aproximación de la enfermedad de tipo sistémica e interaccionista. Él nos invita a considerar que no se puede comprender el todo sin comprender las partes, ni se pueden comprender las partes sin comprender el todo. Pascal ya lo había dicho: “me parece imposible conocer las partes si no conozco el todo, de la misma manera que sin conocer el todo no conozco las partes”.

¿Qué significa esta orientación? Propongo que se interprete de tres modos, desde una perspectiva constructivista que, más que una teoría, sería un conjunto de proposiciones formalizadas (sobre el modelo del lenguaje matemático hipotético deductivo). Revindica una heurística que depende de las significaciones propuestas, donde el criterio de verdad es reemplazado por el criterio de adecuación entre el modelo y el real. En este sentido estoy lejos de una epistemología positivista y me niego a separar comportamiento y proyectos, medios y fines, fenomenología y teleología, experiencias e intenciones humanas, axiología basada en valores y operacionalidad en la acción. Os remito a la investigación de Jean Louis Lemoigne (1997) sobre la modelización de los sistemas complejos.

Esta orientación significa, inicialmente, suprimir barreras y evitar las seducciones del localismo que, como escribe el sociólogo Jean Etienne Charlier (1988), profesor invitado a la Universidad Católica de Lovaina, ni siempre es un “escalón” pertinente para despejar fácilmente el bien común. Además, si los agentes sociales limitan sus intercambios por la constitución de redes a nivel local y territorial, peligran dejar otras instancias (nacionales e internacionales) y decidir el marco en cuyo interior tendrán que desarrollarse. Lo local no puede tener una autonomía relativa si no es en el interior de un conjunto más amplio, más general y, para sobrepasar los niveles a corto y a medio plazo, lo que Jean Etienne Charlier (1988) llama “la insularización”, aunque sería deseable la construcción de una identidad local fuerte.

Aunque a veces disimétricas y lejos de la horizontalidad, las tendencias opuestas en la construcción de la sociedad como un todo no dejan, por eso, de estar constituidas de relaciones de interdependencia. Estas últimas hacen surgir una necesidad de autonomía por parte de los individuos y grupos, y siempre hay, en los agentes sociales, una necesidad de relación descentralizada y horizontal, que hay que interpretar más como necesidad de identidad, de expresión, de creación, de responsabilidad, que como una búsqueda reducida solamente al individualismo, al narcisismo y al egocentrismo. Lo local y lo microsocial deben ser considerados de manera idéntica: tienen una especificidad propia, y la lógica societal (de la sociedad) central es exterior a ella. Pero eso no significa que deba desinteresarse del centro.

Para los coordinadores, lo local permite la representación de posibilidades (las “revoluciones minúsculas”, titulaba la revista Autrement a comienzos de los 80) y, después, su realización. Para eso, tienen que actuar en una visión conjugada, articulada, dialéctica entre centro y periferia, porque las preguntas esenciales como la crisis de empleo, la educación, el cambio de mentalidades y de culturas, no pueden ser abordados y reabsorbidos solamente a nivel local. El coordinador puede ayudar a la construcción de zonas de compromiso entre “redes y jerarquías” a imagen del “desorden de la vida sobre el terreno”.

Como escribe Claude Neuschwander (1991), crear “elasticidad social”, restaurar las “mediaciones”, como ya he escrito, intercambios cara a cara entre individuo y Estado, evitar la marginalización de la sociedad activa y de las solidaridades vecinales, de afinidad, tribales, de clanes o comunidades, es decir, articular micro y macrosocial. Tal es el sentido que la coordinación ofrece, y que el sociólogo François Dubet (1994, p.272) evoca en esta frase: “Hacer música juntos, permaneciendo nosotros mismos”, lo que yo llamo la instauración de transversalidades comunicantes.

Para evitar la supremacía de las pasiones sobre la razón, la coordinación debe permitir el paso de la calle al barrio, del barrio al pueblo o a la ciudad, de la ciudad al Estado y del Estado al mundo. En Francia, la coordinación, como práctica, es una producción de la ciudad. El siglo XXI será el siglo de la dominación de las ciudades. El fenómeno de urbanización se produce a ritmos muy diferentes, según los continentes. La proporción de ciudadanos ha sobrepasado la de campesinos en América del Norte antes de la Segunda Guerra Mundial, en Europa después de ese conflicto, y en América Latina a comienzos de los años 60. Hoy esos continentes están prácticamente urbanizados (75% de ciudadanos en Europa y América Latina y 77% en América del Norte en el año 2000, según la ONU). Con una dominante rural hasta el presente, África y Asia siguen vías paralelas: en 1975 contaban con un 25% de ciudadanos, 35% en 1995 y poco más de 37% actualmente. Según las proyecciones de los demógrafos, el giro más importante se situaría hacia el 2025, donde la proporción de ciudadanos debería ser mayor que la de los campesinos, de forma que los dos tercios de la humanidad vivirían en las ciudades.

Esta urbanización global plantea nuevos interrogantes socioeconómicos, culturales y políticos a los gobernantes de las ciudades, cuyos coordinadores y trabajadores sociales son una parte de los actores y, en efecto, “archipiélagos de consumidores saturados” escribe George Wilheim (1999, p. 36), arquitecto y urbanista en São Paulo, “en medio a un océano de excluidos”. Los parados, los inmigrantes, las minorías y los sin techo se ven empujados hacia ese océano en un número cada vez mayor por las “sociedades de mercado”. Todas las megalópolis estarán enfrentadas a tensiones internas progresivas debidas a esta segregación espacial y social y al aumento de las incertidumbres que engendran. Los barrios que, en Francia, se llaman púdicamente “frágiles”, “con dificultades”, mas bien “calientes” (conflictivos), no son más que la eufemización de esos lugares donde se concentran los estratos sociales populares, pobres y precarios, unidos por la presión y la exclusión.

De ahí la incertidumbre que surge en nuestras sociedades porque, añade Wilheim (1999, p. 36):

Hemos entrado en un periodo de transición de la historia donde las discontinuidades son superiores a los ajustes. Los cambios radicales en la producción y el empleo, la increíble concentración de capitales en las manos del sector financiero y especulativo pesan más sobre nuestras vidas que los ajuste públicos obligados a mejorar la economía de mercado.

En el Correo de la Unesco, Martine Jacot (1999, p.21) ya lo confirma y se pregunta:

¿La megalópolis del siglo XXI creará un archipiélago de “tribus sociales”, una “anticiudad” de territorios amurallados cuyos habitantes económicamente bien se negarían a compartir algo con los marginados?¿La ciudad ejercerá aún su función integradora?

Anthony Pellegrini, experto en desarrollo urbano del Banco Mundial, estima que la existencia de chabolas refleja el fracaso de las autoridades públicas (JACOT, 1999).

Este organismo coordina los proyectos que asocian el Estado al sector privado con el fin de ayudar a los más desfavorecidos a comprar parcelas en los terrenos equipados. Otros expertos preconizan más bien la reconsideración de las tendencias “antisociales” del neo liberalismo. Todo dependerá, dicen, del aspecto que tome la globalización; desean, sobre todo, que la gran ciudad del siglo XXI vuelva a encontrar su vocación original: un lugar de encuentro y de intercambios abiertos.

No es suficiente, pues, para las iniciativas del gobierno local, la recreación de un lazo social horizontal: es el lazo político, productor del lazo social vertical, quien es interrogado por los contrapoderes suscitados por el juego de los actores. Es la pregunta de la democracia, con sus modos entrelazados “de espacios públicos autónomos, por un lado, y las esferas de acción a través de dinero y de poder administrativo por el otro”, lo que es central, como escribe Jurgen Habermas (1973). Nuestro colega, el profesor portugués Américo Nunes Peres, del UTAD, escribe con acierto:

Dentro de lo que se denomina global, las comunidades son unidades de base para la vida en común y ofrecen potencialidades muy ricas y fuertes para el desarrollo del proceso de ciudadanía y democratización (GILLET, 2004, p. 190).

Uno de los mayores retos se refiere a la contribución de la ASC en el encuentro de las comunidades y en el marco de la responsabilización local en relación con aquello concerniente a los procesos de cambio y de transformación global.

Algunos de ustedes saben que un año sabático (excedencia temática) de investigación me llevó durante seis meses para fuera de Francia, en particular a América Latina. He podido tomar conciencia, con inquietud, del carácter globalizado de nuestro planeta.

Y ese contexto no es neutral: el último informe del programa de las Naciones Unidas para el desarrollo, publicado en este último semestre, nos recuerda que:

Más de un millar de personas viven en una extrema pobreza y muchas de ellas ven cómo su nivel de vida retrocede constantemente [...] El 1% de los más ricos reciben lo mismo que el 57% de los más pobres y los 25 millones de americanos más acomodados disponen de una renta equivalente globalmente a la de los casi dos millones de habitantes más pobres del planeta (RAPPORT, 2003, p. 2).

Muchos latinoamericanos pueden hablarnos de los habitantes de las favelas, de los tugurios, de los ranchos, de las villa miseria, de las ciudades perdidas, de los cantagriles (chabolas en ciertos países). He podido identificar olores, colores, caras, por ejemplo, en esta Colombia de 200.000 muertos desde hace 40 años (de los que sólo un 20% parecen deberse a la guerra civil); en ese Perú donde un 54% de personas viven bajo el umbral de la pobreza; un 60% en Ecuador; en ese Brasil donde 1/3 de la población vive con menos de 1$ diario, en esa Argentina donde más de 1/3 de la población está sin trabajo o subcontratada y donde 20 millones de argentinos son pobres sobre 37 millones de habitantes, con un aumento de 40% en un año; en ese Méjico con sus casi 54 millones de pobres sobre 96 millones de habitantes; en esa Guatemala, donde un 20% de la población controla el 80% de la riqueza; en ese Caracas, Venezuela, donde la economía subterránea representa el 60% de la actividad económica de la ciudad.

Y cómo no hablar de la venta de 400 coches blindados por mes en Brasil, 170 en Méjico, 150 en Colombia, donde también, a partir de ahora, los detentores de capitales, los terratenientes, los industriales, los altos funcionarios y políticos comienzan a desplazarse en helicóptero sobre las terrazas de los inmuebles urbanos para evitar los riesgos de los atascos y del ataque en cualquier semáforo. Algunos nos explicarán tranquilamente que no hay ninguna relación directa entre riqueza y pobreza, entre desigualdades sociales y delincuencia. En resumen, como explicaba Bernard Charlot, profesor de Ciencias de la Educación en el Fórum Mundial sobre Educación de Porto Alegre en 2002, numerosos países se encuentran ante este dilema: pagar la deuda externa o dar una educación a todos.

Me acuerdo también del grito en la letra de un tango en la zona del Río de la Plata: “Vivimos en un torbellino espumoso y en el mismo fango, todos manipulados” Pero como explicaba el filósofo Yves Barel (1989, p. 86):

Si un sistema se reproduce, reproduce a la vez su capacidad de destruirse y, en consecuencia, de producir un cambio histórico. Hay una tensión permanente entre esos procesos contradictorios por la elaboración de compromisos entre los actores, entre continuidad y discontinuidad, permanencia y cambio.

Por eso, la coordinación está en el centro de las apuestas de una democracia “indefinible, en el sentido de que su impacto no se puede determinar por anticipado” (BAREL, 1989, p. 87). De alguna manera, toca, seguramente, a los coordinadores, jugar con modestia, pues varios escenarios de salida de la crisis son posibles y su acción en la ciudad es una posibilidad entre otras muchas para evitar el escenario-catástrofe de la intolerancia, de la xenofobia, de la desconfianza, de la segregación acentuada, del espacio público abandonado, de la corrupción y la violencia, resultado de una confrontación entre pobres, mafias, regímenes antidemocráticos. Ese futuro no está aún perfilado.

HIPERESPECIALIZACIÓN

Para los coordinadores, una segunda interpretación de la frase de René Dubos es posible: después de aquella que consiste en rechazar un localismo sin globalización, nos invita a resistir a una especialización forzada que acompaña la globalización evocada.

Esta hiperespecialización la encontramos también en la política del Ministerio de Deportes francés que elabora, desde 1998, un esquema director de formaciones con 5 niveles de empleos tipo: asistente técnico, técnico, técnico superior, “cadre” (ingeniero técnico o diplomado) y “cadre” superior (ingeniero superior). Se anuncia el objetivo de “armonizar las formaciones de la coordinación y hacerlas coherentes”, es decir, que una adhesión armoniosa debería unirlas unas a otras.

Quince años después, el balance es dramático y dudo en calificar el estado de la situación. Hace un mes, en una intervención en Martinique, después en Guadalupe, mi elección para caracterizarla se centró sobre “una cantera en vías de abandono permanente” o sobre “un campo de ruinas más que una cantera”. Los Ministerios de Asuntos Sociales y del Deporte están en conflicto: cada uno defiende su minúscula parcela y quiere plantar sus berzas. El DUT de Coordinador del Ministerio de Educación Nacional demuestra, a veces, una ignorancia enciclopédica cubriendo superficialmente numerosos ámbitos a la vez profesionales y de cultura general. Añadamos que el tiempo de prácticas allí es insuficiente para provocar una tensión provechosa de la teoría y de la práctica en los coordinadores en formación y que la licencia profesional de 6 semestres, que deseamos señor Presidente, merece su apoyo para corregir una parte de esos fallos. Pensamos que tenemos la competencia con la cooperación de la Universidad, a la cual revindicamos nuestra pertenencia.

No hay que ocultar tampoco que algunas federaciones de Educación Popular están atenazadas por todos los lados en el mercado de la formación y “se acercaron tanto al brasero que se quemaron los bigotes”, explicaba oralmente a sus estudiantes Jean Marie Grousset, formador de la Unión Francesa de Centros de Vacaciones y Ocio hace unos 15 años. Hay aquí una de las explicaciones de esta relativa impotencia imaginativa que hace dudar a los más jóvenes a la hora de comprometerse con esos movimientos. Además, ¿cuántas cabezas canosas o clavas se encuentran en sus Asambleas Generales?

Mercantilismo y especialización tecnocrática no impiden, sin embargo, a numerosos candidatos, a presentarnos a la puerta de la formación de la coordinación. Además, contrariamente a una idea recibida, trabajos recientes del Instituto Nacional de Juventud y Educación Popular han demostrado que la presencia de los profesionales de la coordinación, lejos de ahogar la vida asociativa, aporta una dinámica y una eficacia innegables con una formación de alto nivel. Es aquí que la opinión según la cual esos profesionales serían un obstáculo a la vida asociativa y a toda transformación social (base de su creación histórica), se olvidan que son los militantes quienes, a finales de los años 50, exigieron una profesionalización reivindicando formación, adquisición de metodología, convención colectiva, es decir, un reconocimiento societal (social). Y ese movimiento de racionalización surgido de la modernidad, analizado especialmente por Max Weber, en toda su obra, concernió a las enfermeras, asistentes sociales, educadores, especialistas y otros más.

No hay peor consejero en este tema que la nostalgia de los años 60 y 70. Querer volver al modelo de un sólo militante liberador y redentor que compra los esclavos para darles la libertad en una ilusión regresiva. La coordinación se parece, aún, a una utopía portadora de futuro en este comienzo del tercer milenio: la esperanza de una vida más larga, con buena salud, nuevas tecnologías que alivian la pesadez del trabajo productivo e industrial, el tiempo libre reforzado, acompañan un movimiento social. Esos proyectos de coordinación pueden aprovechar esas oportunidades. Como lo expresa el sociólogo Pierre Ansart (1990, p. 1952-1958), todas las sociedades anteriores y las actuales están atravesadas “de creaciones imaginarias desde las formas más visibles hasta las más veladas” y es aquí donde lo sociocultural, definido como una modalidad donde la literatura y las artes “intentan incesantemente producir nuevas formas y nuevos contenidos”, modifican las “maneras de ver” y de “imaginar el mundo”, en una producción de significaciones “más allá de los hechos y de lo real”, en un movimiento “de sueño de proyección y eventualmente en su delirio”.

Hay que reconocer al mismo tiempo que la coordinación se queda marginada en sus efectos, mientras los desafíos que conciernen a la sociedad no son tratados a un nivel de apuesta: una democracia a redefinir, desigualdades a reducir, una economía que hay que sacar de la carcasa del ultraliberalismo económico y financiero. La coordinación participa en la denuncia de la legitimidad de un mundo que a veces tiene la cabeza al revés y ofrece un espacio de imaginación realista. El coordinador es un hombre de acción, un estratega, un hombre de praxis sin ilusión sobre el mundo, por consiguiente lúcido, pero perseverante en la esperanza.

En contra, del lado de los empresarios, de las asociaciones, de las federaciones de Educación Popular y de las colectividades territoriales, hay aún que analizar la naturaleza de las relaciones con sus asalariados, los procesos de influencia en la evolución de las tomas de decisión. Pero, sobre todo, queda un campo sin explorar: cómo reinvertir en la ciudad, en sus barrios populares, para evitar la deriva de los extremos, derechas o communitaristas. Eso es abrir otra cantera, y eso no es fácil.

Si es verdad que, en Francia, el 50% de los profesionales de coordinación tienen un contrato precario, de ayuda, temporal; también es verdad que el último censo del Instituto Nacional de Estadísticas y de Estudios Económicos establece que, entre las profesiones más dinámicas en los censos de 1990 y 1999, la de coordinador se encuentra en el puesto 13, con una evolución positiva de más de 93% (es decir, más de 100.750 profesionales, pero sobre la base de coordinadores socioculturales y de ocio, unida a la definición dada por el INSEE en 1978, o sea, hacen 25 años).

Cierto es que hay que relativizar esta tendencia, que es el resultado de un trabajo de encuestas apoyado sobre lo declarado. El campo de la coordinación, desde entonces, se ha extendido ampliamente a lo social y médico-social, al patrimonio, al turismo, a la ecología, a la inserción, al deporte, a lo internacional, a lo humanitario etc. En un informe del Centro Nacional de la Función Pública Territorial, que será publicado muy pronto, se demuestra también este crecimiento y esa vitalidad en el empleo de los coordinadores.

¿Cuál es la apuesta principal con relación a la formación de los coordinadores aquí y en otros lugares con sus analogías? Es la de tener coordinadores generalistas (que tengan, es cierto, algunas especialidades técnicas), cuyas legitimidades principales son: las necesidades, las demandas, los problemas, las exigencias, las dificultades vividas por poblaciones del mundo entero, en esta extensa crisis de participación cuyos méritos son alabados por los políticos, pero cuya virtud se practica poco porque se la teme. La crisis de la democracia representativa es cada vez más evidente, y no solamente en Europa y EEUU, sino también en América Latina. En un sondeo del Corporation Latin Barómetro (equivalente de la SOFRES), publicado en agosto de 2001, los latinoamericanos apoyarían la democracia a 48% contra 60% el año anterior y los resultados de esta democracia satisfacen solamente 27% de las personas interrogadas (contra 53% de satisfacción en Europa). La crisis internacional tiene, pues, un fuerte impacto sobre la evaluación del sistema democrático, igual que el reparto desigual de las riquezas. En Ecuador, por ejemplo, en agosto de 2003, seis meses después de su investidura, la tasa de impopularidad del presidente Gutiérrez subió cerca de 70% (recordemos que en Francia, más de un año después de las elecciones, nuestro Primer Ministro tiene solamente 30% de satisfechos; los abanicos de variaciones son idénticos).

Un día escribí que la coordinación era útil a la democracia, pero la democracia es necesaria para la coordinación. Ahí se inscribe otra apuesta importante en la complejidad de las sociedades, la mezcla de factores, la interacción disminuida o, en una palabra, aquello que hace lugar, que hace sociedad, y la coordinación proviene de un desorden, de la llamada a un nuevo orden ligado al imaginario social que muchos mercaderes del templo quisieron reducir a una simple prestación de servicios vacíos de sentido.

Pero la historia está ahí, la historia de la “merdonité” (es la contracción de “mierda y modernidad” = “mierdernidad”: es en francés un lapsus burlesco de contraposición de letras), como lo significó un día el poeta surrealista Michael Leiris. Ni un sólo día dejé de ver, en América Latina, manifestaciones contra las privatizaciones, la flexibilidad en el empleo, la miseria, el paro, la disminución de las pensiones, la debilitación de los servicios sanitarios, el aumento de los precios y la denuncia de la violencia que todo esto conlleva: indios mapuches, empleados de correos, consumidores de agua potable privada en Chile; cacerolazos, piqueteros, pequeños inversionistas arruinados en Argentina; campesinos, profesores y jubilados manifestándose en Méjico; estudiantes y profesores en huelga en Uruguay; campesinos y profesores en lucha en Ecuador; los sin-tierras en Brasil; profesores de Enseñanza Superior en huelga durante 6 meses en ese mismo país, sin hablar del gran desorden de Venezuela y las peticiones por una democracia socialista real en Cuba etc.

Es ahí, pues, donde se debe centrar el esfuerzo de los coordinadores: en la exigencia de la democracia, la necesidad de formas decathlonianas de la coordinación porque el nivel cultural de las poblaciones ha aumentado. No son solamente los técnicos especialistas quienes podrán responder a esta apuesta principal (me recuerda esto al eslogan de la Confederación Francesa Democrática del Trabajo, sindicato de trabajadores: “la jerarquía es como las estanterías: cuanto más altas menos sirven”). Una orientación de este tipo hacia la especialización puede hacer la cama del sector lucrativo privado en el ámbito cultural, como en el educativo o social, si se limita la coordinación solamente a la prestación de servicios. Ustedes y yo sabemos que el MEDEF (sindicato patronal) sostiene esta tesis: que las municipalidades confíen el mercado de CLSH (Centro de Ocio Sin Techo) a sociedades lucrativas; que los grandes grupos capitalistas se lancen a la coordinación deportiva o de ocio sin ninguna intención educativa o pedagógica. Estoy pensando en ese Salón Profesional de la Coordinación y Ocio, organizado anualmente en París como ejemplo de conferencia: “El lugar de las profesiones de coordinación en la economía de mercado” está muy claro, sobre todo, ese coloquio está organizado por una estructura llamada Banco de Coordinación. En ese sentido, hace ya algunos años, el psicosociólogo francés Eugéne Enríquez hizó una conferencia en Burdeos que se llamaba: “el mercado ahoga la democracia”.

Finalmente, en Francia, el prestigio en medicina va al especialista que prolonga su formación general. En algunos países nórdicos se produce lo contrario: terminan siendo generalistas porque se considera que hay una progresión necesaria unida a la complejidad de los diagnósticos. Juntos, lancemos hacia arriba a los coordinadores y no hacia abajo. Las sociedades buscan más cualificación, más saber, más competencia, aunque se sabe que cada uno de nosotros, a una cierta edad, acepta quizá más fácilmente la existencia de vacíos en su propio conocimiento, midiendo así los límites científicos y epistemológicos.

ACTUAR LOCALMENTE, PENSAR GLOBALMENTE

El tercer y último aspecto que me inspira es esta frase de René Dubos, que se resume en el título de mi comunicación: me parece que la expresión “actuar localmente, pensar globalmente” depende de una yuxtaposición entre local y global, entre pensamiento y acción. Ya Henri Bergson, en una carta enviada en 1879 a su colega filósofo Albert Kahn, escribió algo similar: “actuar como hombre de pensamiento, pensar como hombre de acción”.

Para dar relevancia a otro modelo de acción más cercano a la realidad y al ejercicio de la función de los coordinadores, me parece posible dialectizar los ítems del pensamiento de René Dubos y de Henri Bergson bajo la forma de la nueva expresión: “pensar en el actuar local y actuar en el pensar global”. Unir pues, en el mismo movimiento local y global, el actuar y el pensar. Estamos delante de una orientación praxeológica que cuestiona la práctica de los coordinadores a partir de cuatro polos: (a) del razonamiento sobre una situación a describir, a comprender, anticipando su evolución en función de las acciones que los coordinadores proyectan, ejerce sobre ellas y de los compromisos y transacciones que implican; (b) de los objetivos, es decir, lo que quieren obtener, modificar, crear, cambiar, integrando recursos y presiones; (c) de las decisiones, o sea, realizar elecciones en función del nivel y de la jerarquía de las apuestas; (d) de una ética, es decir, valores filosóficos, morales y políticos.

Eso es lo que yo he nombrado como “inteligencia estratégica” de los coordinadores, de su astucia, de su “mestizaje”, asociando la movilidad de la inteligencia y la rapidez de la acción al kairos, la oportunidad de agarrar el buen momento (les remito a los trabajos de Jean Pierre Vernant, catedrático de “l’histoire de la pensée antique” au Collège de France y Georges Vignaux, director de investigación sobre la ciencias conitivas al “Institut Natioal de la Langue Française” en el Centro Nacional de Investigación Científica). En ellos se encuentran los aspectos fenomenológicos, teleológicos axiológicos y operacionales evocados anteriormente. Retomando la analogía propuesta por Francis Bacon (1836, p. 301), el praxólogo no es, en resumen, ni un simple empirista que, como una hormiga, recoge los frutos de su recolección de alimentos para simplemente utilizarlos, ni un simple lógico que, como la araña, fabrica su tela a partir de su propia sustancia; mas bien es una abeja, que se sitúa en una vía intermedia, fabrica su miel a partir de flores, las transforma y lo digiere todo por su propia energía.

Jurgen Habermas (1975, p. 128), filósofo alemán, se interroga, también, a respecto de la unión entre teoría y práctica, investigador y práctico:

La finalidad no es el simple desarrollo de las teorías críticas, es la búsqueda de teoremas verificados, de estrategias apropiadas, es decir, afirmaciones verdaderas, verificables y decisiones juiciosas.

Tratar los hechos sociales como cosas es absolutizar el “dado social” y es, en realidad, atribuir una función conservadora a las ciencias sociales (HABERMAS, 1973). La teoría crítica acentúa la dimensión del desencanto, de la resignación, porque subestima la fuerza y la vitalidad de los factores subjetivos, orientando más bien al sujeto hacia la apatía y la desmovilización. Max Horkheimer (1970, p. 56), sociólogo de la famosa Escuela de Frankfurt, propone la reflexión siguiente:

Cuando una ciencia con una independencia imaginarias, considera la práctica a la que sirve y pertenece, como un complemento diferente a ella misma y cuando se satisface de la separación del pensamiento y de la acción, esta ciencia ha abandonado ya la humanidad [...] La calidad de la actividad de pensar lleva al cambio histórico y a la producción de situaciones justas entre los hombres.

En consecuencia, la teoría debe interesarse por la mejora de las situaciones sociales y por su capacidad de influencia en las prácticas; aun más, “la práctica social tiene el deber de decidir el valor de las teorías en la medida en que éstas deben mostrar su validez en las prácticas sociales”. Está aquí lo que inspira nuestro sentido de la formación para la profesionalización de los coordinadores.

Para concluir, no puedo dejar de recordar una frase de Jean Paúl Sartre (1960), uno de mis maestros desde los 16 años en el Lyceo Montaigne en Burdeos (por medio de sus novelas, sus escritos, su teatro, sus “situaciones”) y que, gracias a la tesis que he redescubierto filosóficamente, en la Crítica de la Razón Dialéctica.

Permaneció uno de esos hilos rojos de mi trayectoria, una especie de hilo de Ariadna en el laberinto que constituyen las relaciones humanas: “Hacerse existir contra aquello que nos hace ser, para no volver a ser hecho”. Es una manera de decirnos que lo importante no son solamente los determinantes que pesan sobre nosotros, si no lo que nosotros hacemos de lo que ellos producen en nosotros.

La roca a traspasar no será un obstáculo si quiero llegar, cueste lo que cueste, al cumbre de la montaña; me desanimará, al contrario, si libremente he fijado límites a mi deseo de realizar la ascensión proyectada (SARTRE, 1976, p. 539).

Y eso no es siempre fácil porque, añade, “existir es eso: beberse sin sed” ¿Cómo no relacionar esta orientación con la de Eduardo Galeano (2002) escritor uruguayo: “No somos lo que somos, sino lo que hacemos para cambiar lo que somos”?

 

The locus of animation: thinking of local action and acting in global thinking

ABSTRACT

This article investigates the meaning of a sistemic, interactionist, and dialectic thought about animation, which is known in many countries as “sociocultural”, or “social”, but whihc originates from the professional animation developed in France from the 1960s. It is an epistemologic, scientific, and theoretical approach, based on an almost six-month long research internship in Latin America and then Europe, which allowed for the construction of a comprehensive analysis of the place of animation in the current context.

KEYWORDS: coordination – urbanization phenomenon – hyper-specialization – new technologies – globalization

 

A posta principal da animação: pensar no atuar local e atuar no pensar global

RESUMO

Este artigo pesquisa a significação de um pensamento sistêmico, interacionista e dialético a propósito da animação dita “sociocultural” ou “social” em muitos países, mas que provém de uma animação profissional na França desde os anos sessenta (contudo não exclusivamente agora no mundo). Uma aproximação de tipo epistemológico, científico e teórico, junto a um descanso temático de pesquisa durante quase seis meses na América Latina, e depois na Europa, permite um olhar abrangente das postas da animação no contexto atual.

PALAVRAS-CHAVE: animação – fenômeno da urbanização – hiper-especialização – novas tecnologias – o atuar e o pensar

NOTAS

* Profesor emérito en Ciencias de la Educación de la Universidad Michel de Montaigne, Bordeaux 3, France.

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Recebido: 10 de outubro de 2005
Aprovado: 10 de dezembro de 2005

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